Por Eduardo Klein Bande, Gerente Comercial de Crystal Lagoons Corp.
Muchas ciudades del mundo han intentado llevar la vida de playa a los ciudadanos para mejorar su calidad de vida urbana. Entre éstas podemos destacar a Paris con la “rive droite” del mítico Río Sena; Berlín con el “Badeschiff” (barco para bañistas en español) en el Río Spree, y sin ir más lejos, Santiago de Chile con su Río Mapocho y múltiples proyectos.
Y es que la necesidad de estar próximos al agua y hacer vida de playa es algo intrínseco al ser humano, lo necesita. Le es natural tomar sol, bañarse, relajarse, hacer deportes y descansar al aire libre junto al agua. Para lo que sólo nos basta un pequeño espacio dentro de la selva de cemento, y con eso somos felices.
El mismo gozo, siglos atrás, experimentaba la gente cuando cruzaba océanos en gigantescos transatlánticos para conocer otras latitudes, sin jamás imaginar que algún día podrían volar y recorrer el mundo en escasas horas, en modernos aviones. Y fue así como de pronto, a principios del siglo XX, los hermanos Wright realizaron su primer vuelo, desencadenando el uso de esta innovación que revolucionó la vida de las personas.
Paradójicamente, a finales del mismo siglo, ni más ni menos que en Chile, se comenzó a gestar una tecnología que está cambiando radicalmente lo que hoy conocemos como vida de playa urbana, modificando transversalmente el estilo de vida de las personas en las ciudades.
Esta tecnología 100% chilena, única en el mundo y patentada en todo el planeta, permite construir y mantener prácticamente en cualquier lugar y a muy bajo costo, lagunas de tamaños ilimitados antes inimaginables, con aguas absolutamente cristalinas.
El concepto, más que sólo grandes piscinas, recrea ambientes de playa tropical en zonas urbanas y sin estar necesariamente próximos a un borde costero. Todo esto complementado con arenas blancas, palmeras, embarcaderos, paseos peatonales, bares y restaurantes, que otorgan la sensación de un paraíso tropical, pero en medio de la vida urbana.
Prácticamente en cualquier lugar, incluso ya se construyen en Egipto en pleno desierto. Esto significa que por fin, es posible tener grandes playas urbanas públicas en medio de las ciudades de todo el planeta, donde los ciudadanos, a sólo minutos de sus casas, pueden recostarse en una playa de arena, con palmeras como en el Caribe.
Estas lagunas paradisíacas son fruto de una innovación chilena y están presentes en más de 35 países, en 100 proyectos, con diversas características y en diferentes etapas de desarrollo, todas con bajo consumo de agua, y con mínimo consumo de aditivos químicos y gasto energético, siendo absolutamente amigables con el medioambiente.
¿No sería espectacular para Santiago? ¿Es posible medir el beneficio social de una iniciativa urbana como ésta? ¿Alguien se opone? Con toda seguridad pronto escucharemos en distintas zonas de nuestra capital:
-¿Mamá vamos a la playa?
-Bueno hijo, vamos, ponte las chalitas, trae tu toalla y no te olvides de la tarjeta Bip.